Libro recomendado

La Pachamama y el humano

Eugenio Raúl Zaffaroni

Prólogo Osvaldo Bayer

Ilustraciones de Miguel Rep

Madres de Plaza de Mayo – Colihue

 

Por Darío Semino

Para someter a la naturaleza el hombre primero necesitó dejar de sentirse parte de ella. Es por eso que una de las líneas ideológicas más fuertes sobre las que se basa la modernidad es la diferenciación y superioridad del ser humano con respecto a los animales y demás seres vivos. El libro de Eugenio Zaffaroni “La Pachamama y el humano” rastrea con precisión y claridad el origen de ese abismo que nos aísla de los otros seres encarando el tema no solamente desde el punto de vista jurídico sino también filosófico. Pero tal vez lo más interesante del libro sea el planteo que el autor toma para contraponer a esta visión predominante. Frente a la idea del Hombre escrito con mayúscula (si es europeo, blanco y bien machito mejor) parado encima del resto de la creación y con derecho a servirse de ella a su antojo, Zaffaroni opone la llamada “hipótesis Gaia” tomándola del autor inglés James Lovelock. De acuerdo a este planteo “el planeta es un ente viviente, no en el sentido de un organismo o un animal, sino en el de un sistema que se autorregula” (Pag. 79). Entre otros aspectos esta visión abre una nueva perspectiva para entender el concepto de evolución. La teoría de Darwin habría sido malinterpretada ya que la sobrevivencia del más apto no significaría la del más fuerte sino la del más fecundo. Por lo cual no sería la competencia el motor de la evolución de las especies desde los microorganismos sino la cooperación. “Seríamos el producto de millones de años de complejización simbiótica, de enormes procesos de microcooperación, de millones y millones de pequeñísimas quimeras” (Pag. 80). Las consecuencias filosóficas, políticas y jurídicas de esta teoría son inmensas. El ser humano ya no estaría en el centro de la creación sino que pasaría a formar parte de ella como un integrante más, sin mayores privilegios que los necesarios para una vida digna. La competencia, convertida en valor supremo por el capitalismo, no solamente dejaría de ser el impulsor de la evolución sino que hasta podría convertirse en su límite. Puesto que los depredadores que sólo pueden destruir a otros organismos terminan por agotar su fuente de alimento, aniquilando así las condiciones para su propia existencia. Finalmente, en el plano del derecho, la aceptación de la hipótesis Gaia implicaría el reconocimiento de derechos no solamente de animales y otros seres vivos sino también de la naturaleza misma. La explotación de los recursos naturales que no persiga fines estrictamente necesarios para mejorar la vida de las personas podría tomarse como una violación de los derechos naturales y podría ser combatida con herramientas legales, así como también se verían amparadas por la ley todas las acciones pacíficas tendientes a impedir ese tipo de explotación. Finalmente Zaffaroni plantea que los pueblos originarios de América, mediante el culto de la Pachamama se encuentran en la vanguardia de este tipo de pensamientos. Y celebra las recientes constituciones de Bolivia y Ecuador que dan el primer paso para el reconocimiento de los derechos de la naturaleza. De este modo se abre un camino, alternativo al antropocentrismo moderno, que encuentra en la cooperación mutua y el equilibrio con la naturaleza los fundamentos más profundos de la vida. Estas son ideas que vale la pena difundir.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Brujas son negocios

Reseña

Calibán y la bruja – Mujeres, cuerpo y acumulación originaria

Autora: Silvia Federici

Editorial: Tinta Limón / 405 pags.

Por Darío Semino

El último capítulo del primer tomo de El Capital está dedicado al período histórico de transición entre feudalismo y capitalismo. Después de explicar en capítulos anteriores la lógica del desarrollo capitalista según la cual “el dinero se convierte en capital, éste en fuente de plusvalía y ésta en fuente de capital adicional” Marx se ve en la necesidad de establecer un momento histórico en el cual ese proceso comienza. Puesto que si la acumulación capitalista presupone la existencia de la plusvalía y esta a su vez es el resultado de una producción capitalista que se llevó a cabo gracias a la acumulación, en algún momento tiene que haber, para salir del círculo, una acumulación inicial. Según Marx esta acumulación llamada originaria o primitiva está caracterizada en las visiones más idealizadas de la historia del capitalismo como un período en el cual una minoría o elite de la sociedad va acumulando riquezas de a poco, gracias a su dedicación al trabajo, su sentido de la responsabilidad y la frugalidad de sus costumbres. Mientras que el resto, la gran mayoría, se dedica a la pereza y el derroche sin lograr, claramente, acumular nada. De estos dos grupos nacen, como no podía ser otra forma, los capitalistas y los proletarios. Marx dedica todo este último capítulo a demostrar históricamente la mentira de semejante visión. El origen de la acumulación primitiva se encuentra en un proceso de varios siglos durante los cuales se expropió violentamente a los campesinos de sus tierras, obligándolos a convertirse en trabajadores asalariados para poder sobrevivir. La colonización y explotación de los pueblos de América, la esclavitud de los africanos, la explotación de niños y el desarrollo de medidas represivas que condenaban la mendicidad como un crimen son algunos de los trazos que terminan de pintar el verdadero perfil de este idealizado período. Sin embargo el retrato todavía no está completo. Puesto que llamativamente durante estos siglos de acumulación originaria se produce, con la mayor saña y violencia, un fenómeno que nuestra imaginación histórica suele asociar a la Edad Media, la caza de brujas. De eso se trata este libro.

Construido desde una posición que combina el análisis marxista con una perspectiva feminista, Calibán y la bruja se mete de lleno en esos convulsionados siglos que van desde el final de la Edad Media al arranque de la Modernidad. La acumulación originaria descripta por Marx estaría, de acuerdo a la autora, incompleta porque no es capaz de ver una distinción de género. Y lo mismo puede decirse de la historia de la sexualidad escrita por Foucault. La situación de las mujeres no es la misma que la de los hombres. Sus sufrimientos y exclusiones no son los mismos y tampoco son las mismas las transformaciones del lugar que ocupan en la sociedad. Si a los hombres campesinos les fue mal con el cambio, a las mujeres les fue peor y a la larga todos se vieron perjudicados por la nueva distribución del trabajo y sus consecuencias.

El libro avanza de a poco a lo largo de los siglos. Su punto de partida son los movimientos heréticos medievales, algunos de los cuales llevaron a cabo grandes rebeliones y en los que las mujeres, en ciertos casos, ocuparon un lugar importante. Es interesante detenerse un poco en este punto para hacer una distinción. A pesar de que nuestro sentido común establece una relación casi de sinonimia entre las palabras bruja y hereje, lo cierto es que históricamente se trata de dos persecuciones distintas, por más que muchas veces las brujas fueron declaradas herejes. Los movimientos heréticos (bogomilos, cátaros y valdenses entre tantos otros) fueron diversas corrientes que se dieron dentro del cristianismo europeo durante buena parte del Medioevo. La inquisición medieval fue la institución encargada de combatirlos, aunque no fue la única herramienta utilizada para la tarea. Contra los cátaros, por ejemplo, se realizó una Cruzada que derivó en una guerra territorial de varios años en el sur de Francia. Existe una relación entre algunos de los últimos movimientos heréticos y la posterior Reforma protestante, de hecho muchos líderes herejes no fueron otra cosa que reformadores prohibidos por la autoridad de la iglesia.  Otra cosa, como estamos viendo, es la caza de brujas. Más adelante veremos por qué nosotros tendemos a confundir, o a fundir, ambas realidades. Ahora sigamos avanzando.

En el siglo XIV toda la estructura de la sociedad medieval sufriría un colapso con la Peste Negra que disminuyó entre un 30% y un 40% la población. Pero paradójicamente este desastre demográfico acarreó con el tiempo consecuencias positivas para los de abajo. Puesto que la fuerte disminución de la mano de obra aumentó su valor y fortaleció su posición en la relación de poder. El siglo XV fue una suerte de “edad de oro del proletariado europeo”, los campesinos adquirieron mayor libertad para elegir las tierras que querían y discutir el tributo a los señores, y los trabajadores demandaban altos salarios por su trabajo.  De la conflictividad social entre siervos y señores, entre empleados y empleadores, fueron naciendo diversas estrategias de control así como también uniones de clases. El miedo a la revuelta popular determinó la alianza entre la nobleza decadente y la burguesía en ascenso. Y entre insurrecciones y derrotas, nuevas legislaciones y pactos fueron gestándose las primeras estructuras del Estado moderno como garante de las relaciones de clase. En ese contexto se produjo el descubrimiento y colonización de América. Las riquezas del Nuevo Mundo cambiaron para siempre la ecuación económica en Europa.

No se convierte a un campesino en un trabajador asalariado de la noche al día. Como ya vimos, hace falta separarlo de la tierra, pero también hace falta fijarlo en un lugar de trabajo, porque el campesino desarraigado se convierte en vagabundo y el vagabundo deambula. Es necesario, a su vez,  que esté necesitado para que su fuerza se doblegue por un salario. También es necesario transformar su relación con el tiempo, dado que su vida ya no va a regirse por los intervalos del sol y la luna sino por las horas y hasta los minutos del reloj. Y hace falta que no se retobe. Para todo esto es necesario que el campesino olvide sus viejas formas de vida, sus vínculos comunales, sus relaciones de solidaridad. Es en este punto que resulta de vital importancia el rol de la mujer. Sin idealizar el lugar de las mujeres en la sociedad medieval, Federici señala que “en la Europa precapitalista la subordinación de las mujeres a los hombres había estado atenuada por el hecho de que tenían acceso a las tierras comunes y otros bienes comunales[1]. Ahora, en cambio, las mujeres no solamente van a verse despojadas de la tierra sino también del trabajo. De a poco va perfilándose la división entre el trabajo asalariado del hombre y el trabajo no asalariado, y por lo tanto no considerado trabajo, de la mujer. Sin embargo esta exclusión del mercado laboral no es la única consecuencia del nuevo estado de cosas. Puesto que en los vientres de las mujeres del pueblo se encuentra la fuerza generadora de la fuerza de trabajo. Es por ello que en estos siglos las mujeres van perdiendo el control que durante tanto tiempo habían tenido sobre el embarazo, sobre su propia sexualidad e inclusive sobre sus mismos cuerpos. La natalidad pasa a ser una cuestión de Estado y los abortos y métodos anticonceptivos se convierten en materia regulable desde el poder político y el discurso científico.

    

La autora dedica todo un capítulo al tema del disciplinamiento del cuerpo, en el cual aborda las nuevas concepciones racionalistas que tienden a considerar el cuerpo como una máquina. Uno de los principales ejes de este análisis es la obra de Descartes. Al respecto la autora dice: Con la institución de una relación jerárquica entre la mente y el cuerpo, Descartes desarrolló las premisas teóricas para la disciplina del trabajo requerida para el desarrollo de la economía capitalista.[2] Sobre este punto vale la pena hacer otra digresión. La cuestión es la siguiente: las diversas transformaciones que sufrió la sociedad para pasar del período llamado Edad Media al período llamado Modernidad, como dijo Marx y profundiza Federici, fueron cruentas y terribles. Sin embargo Marx, desde su visión hegeliana de una historia que avanza dialécticamente, interpreta estos cambios crueles como algo inevitable y en última instancia positivo. Federici, en cambio, sin dejar de reconocer su deuda con Marx establece aquí su diferenciación. Las atrocidades llevadas a cabo en el período de la acumulación originaria no pueden ser justificadas bajo ninguna filosofía del progreso dialéctico. Dicho de otro modo la sociedad no necesariamente evolucionó con el capitalismo. Viendo el mundo en el que vivimos resulta difícil no estar de acuerdo con Federci. Sin embargo este tipo de visión conlleva el riesgo de pasarse, por decirlo de alguna forma, del otro lado. Y el caso de Descartes puede ser un ejemplo. No tiene sentido ponerme a hacer una defensa del filósofo francés y tampoco pretendo negar la interpretación de la autora. Pero me parece justo señalar que la obra de Descartes es mucho más que la producción de una clase dominante. Su grandeza filosófica convive, en todo caso, con su faz más oscura. La visión mecanicista cartesiana encaja con la necesidad de disciplinar el cuerpo del trabajador y las futuras concepciones económicas del mercantilismo. Pero también es el punto de partida para un conocimiento capaz de curar las enfermedades del cuerpo. Esa ambigüedad recorre todo este período y llega hasta nosotros en las dos caras de una ciencia que sirve tanto para salvar como para destruir vidas.

Aunque para esto último no hace falta adelantarse tanto en el tiempo. Porque ya en la cultura de la época se establece una lucha que dejará sus muertos. La visión pre-capitalista y animista del mundo es incompatible con el racionalismo naciente. Y el triunfo de éste implica la muerte de aquella. La magia ya no tiene nada que hacer en el nuevo orden. Hobbes, Descartes, Bacon, Galileo, el racionalismo, el empirismo, los primeras latidos de la ciencia moderna, de a poco van desplazando las supersticiones y tradiciones populares. El mundo va siendo desencantado. Pero, como estamos viendo, el cambio no es pacífico “La incompatibilidad de la magia con la disciplina del trabajo capitalista y con la exigencia de control social es una de las razones por las que el estado lanzó una campaña de terror en su contra”[3].

Federici arroja información contundente. Las primeras descripciones del aquelarre en la literatura europea son recién del siglo XV. En la misma época nacen los primeros trabajos que conformarían la doctrina sobre la brujería, siendo el más célebre de todos el Malleus Maleficarum, conocido como el “Martillo de los brujos” y publicado en 1486. En 1484 el papa Inocencio VIII considera a la brujería como una nueva amenaza. El punto de mayor intensidad de la persecución se produce en los cincuenta años que van desde 1580 hasta 1630.  En Inglaterra se legaliza la persecución mediante tres actas aprobadas en 1542, 1563 y 1604. “Es bien sabido que la “supersticiosa” Edad Media no persiguió a ninguna bruja; el mero concepto de brujería no cobró forma hasta la baja Edad Media y nunca hubo juicios y ejecuciones masivas durante los Años Oscuras,”[4]. La caza de brujas no es el efecto residual del oscurantismo medieval sino el costado más cruel del disciplinamiento social producido por la acumulación originaria. Un aspecto que refuerza esta idea es el hecho, también contrario al estereotipo histórico, de que no haya sido la Inquisición católica la única ocupada en la persecución. En el apogeo de la caza de brujas fue mayor el número de ejecuciones ordenadas por tribunales seculares. Y las naciones protestantes, enemigas de la Iglesia romana, mostraron el mismo rigor y la misma crueldad que los inquisidores católicos. Otro dato, más del 80% de las personas ejecutadas por brujería entre los siglos XVI y XVII fueron mujeres, y la gran mayoría eran pobres.

La bruja en el pueblo medieval cumplía diversas funciones. Era la partera, la médica, la adivina, la hechicera. Su desaparición allanó el camino para el desarrollo de la medicina profesional, basada en un conocimiento ajeno las clases bajas, un conocimiento que viene de arriba. Los años más duros de persecución a las brujas coinciden con el apogeo de las primeras teorías económicas modernas que son englobadas con el nombre de mercantilismo, coinciden también con el nacimiento de las preocupaciones sobre los problemas demográficos. Controlar a la población, aumentar la productividad, evitar rebeliones, son algunos de los objetivos que se van logrando a medida que las curanderas del pueblo se convierten en servidoras del Diablo. En Inglaterra la mayor parte de los juicios tuvieron lugar en Essex, donde la tierra había sido cercada y privatizada durante el siglo XVI. En las otras regiones de las Islas Británicas donde no hubo cercamientos no hay registros de caza de brujas. En el sudoeste de Alemania la caza de brujas empezó menos de dos décadas después de la inmensa rebelión de siervos conocida como la Guerra Campesina. En las mismas aldeas donde masacraron a los rebeldes quemaron a las brujas.

A finales del siglo XVII la clase dominante comenzó a sentirse segura en su lugar de poder y la caza de brujas fue atenuándose de a poco. Al siglo siguiente le tocaría reescribir la historia desde la perspectiva de la Ilustración, que caracterizó el fenómeno como la última barbarie de la ignorancia medieval.

***

Ante todo esto vale la pena formularse una pregunta. Si admitimos que la caza de brujas fue más un producto de la Modernidad naciente que del agonizante Medioevo, por qué la visión contraria adquirió la fuerza de un lugar común, no sólo entre los intelectuales de la Ilustración sino entre nosotros mismos, más de doscientos años después. Se me ocurre que esa tergiversación puede ser interpretada como un síntoma. La negación de la cultura moderna de su relación con la caza de brujas bien podría ser un síntoma de la necesidad moderna de seguir produciendo cazas de brujas. Si bien esto puede sonar rebuscado no lo es tanto cuando se ve cómo toda la historia moderna está salpicada con diversas réplicas de la caza brujas llevadas a cabo por los Estados de todo el mundo. Esas innumerables réplicas parecerían confirmar la tesis de Federici. Una buena forma de ocultar la responsabilidad por un crimen es encontrando a otro culpable, especialmente si se quiere volver a cometer el crimen.


[1] Pag. 164

[2] Pa6. 230.

[3] Pag. 221.

[4] Pag. 252.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Libro recomendado – Luis Tedesco

Luis Tedesco, el ciruja del idioma

Hablar mestizo en lírica indecisa
Luis Tedesco
Ediciones Activo Puente / $45

Por Darío Semino

Es posible que no exista, ni pueda existir por ahora, un canon para la poesía argentina actual. Y que el panorama que se forma a la hora de intentar ordenar los nombres que la componen sea parecido a un territorio habitado por diversas tribus, unas más grandes y otras más chicas, de lectores que se reúnen alrededor de uno o varios poetas a los que escuchan y leen como a chamanes al calor del fuego. Como muchas de estas tribus son nómades es muy difícil, sino imposible, establecer comparaciones jerárquicas, cruzar relatos o inclusive saber la cantidad de integrantes que cada una posee. Lo que sí resulta posible es meterse en el deambular colectivo para ir conociendo de a poco a los protagonistas, porque si bien nadie conoce la totalidad, cada lector conoce a otro lector o a otro poeta. Y así uno pasa de una lectura de poesía en un centro cultural a otra lectura en una librería, en la cual conoce a un loco que edita una revista de poesía hace veinte años y que a su vez nos presenta a otro, más loco aún, que edita libros de poesía  y que es íntimo amigo, por ejemplo, de un viejo poeta genial que vive recluido y tomando vino en algún rincón del país. En esa deriva plagada de locos, pedantes, genios y chantas la obra de Luis Tedesco es una de las mejores cosas que se pueden encontrar.

Foto del blog loshechizados.blogspot.com

Nacido en 1941, Tedesco tiene una extensa trayectoria como editor que a lo largo de los años fue enhebrando con su obra poética. Yo mismo lo conocí primero en su rol editorial, cuando buscaba la forma de editar mi libro de poesía, y a partir de ahí me vinculé con su obra. Sencillo y complejo a la vez, con cáscara de viejo malhumorado y pulpa de insobornable buen tipo, Tedesco suele ser caracterizado como “una de las voces más personales de la poesía Argentina”, lo cual, si bien es cierto, puede ser una forma de no decir prácticamente nada. La idea de este artículo es tratar de presentar una entrada posible en esa voz tan personal, tomando como eje su último libro. De antemano aclaro que hay varios aspectos que ocupan un lugar importante  en la estética de Tedesco y que no van a ser tratados aquí. No pretendo realizar un análisis integral sino concentrarme en algunos puntos específicos que constituyen en gran medida la originalidad de la obra en cuestión.

En primer lugar hay que señalar una característica que en un libro de poesía es bastante inusual, esta es la extensión. “Hablar mestizo…” tiene poco más de cuatrocientas cincuentas páginas. El libro está divido en ocho partes que perfectamente podrían ser, por su consistencia y extensión, ocho libros separados, especialmente si tenemos en cuenta lo breves que suelen ser los títulos de poesía cuando no se trata de compilaciones, antologías u obras completas. “Hablar mestizo…”, entonces, es un libo que acompaña al lector durante varios días, que va decantando de a poco. Y ese efecto no se produce solamente por la cantidad de páginas sino también por la naturaleza del estilo poético, por la complejidad que tiene el autor de trabajar con el idioma. Pero antes de meternos de lleno en ese punto veamos qué es lo que el propio Tedesco dice al respecto:

“A mí las palabras me dan miedo, las vapuleo, sacudo la hojarasca crujiente de sus sílabas; las palabras se sirven de mí, son las damas de mi mente. Es decir, yo escribo en esa “puta lengua materna” que me precede —¡en tantos siglos me precede!—, resbalosa de donaires, dura de entrepiernas, posesiva, lujosa, barroca, sucia de alternar en los quilombos, retorcida y carcelaria, mestizada por el indígena y el cabecita. Mezclar y que la materia se desbande. No filosofarla. No psicoanalizarla. Pura métrica jadeante. En ese idioma intenté escribir Hablar mestizo en lírica indecisa.”[1]

En el párrafo citado asoma, aunque sin llegar a hacerse explícito, uno de los ejes que puede servir de puerta para entender esta poesía. Vapulear las palabras, escribir en una lengua dura de entrepiernas, mezclar y que la materia se desbande, no filosofarla. Paradójicamente el poeta exhibe aquí su propia filosofía materialista. Porque envuelta en una corteza de cosas simples y bellezas cotidianas, de lenguaje enrevesado, de broncas ideológicas, recuerdos y personajes marginales, la poesía de Tedesco es poesía de la materia como ninguna; con las raíces bien hundidas en el materialismo antiguo, de hecho Demócrito, Epicuro y Lucrecio rondan por su libro anterior “Lomas del Mirador”.

Este mundo poético, entonces, es consistente, lleno de cuerpos, hasta de comida. La sombra de Epicuro aparece atrás de la fascinación por las cosas simples y buenas, como el mate y la galleta, el puchero, el consuelo cotidiano de los pobres.

“Apio nuez ajo almendra perejil / huevo aceite morrón carnaza albahaca / lave corte cuele refrite bata / cocine a fuego lento saborice // lo bueno de la vida, Catalina, /es mezclar la materia disuadirla /penetrar su pureza cincelar/…”[2]

Sin embargo también aparecen el desborde, lo sucio y obsceno, la lujuria.

“…/ Es viernes, madam, vengo a remediarme, / la plata sólo sirve en el quilombo. / Véala por ahí, en los divanes, /apenas de tanguita mi sanguanga / me envara hasta las muelas que no tengo. / Deme un turno, no más, es suficiente,/ me la relamo toda y su perfume /se hará manjar de boca en la semana/…”[3]

Y todo esto está trabajado en la exuberancia del castellano. Un castellano único, que va desde el tango, el lunfardo y la gauchesca hasta el Siglo de Oro español. Al final del libro se citan varios títulos de diccionarios que fueron consultados durante el proceso de escritura[4]. Casi todos estos títulos son compilaciones de lenguajes marginales. Como un ciruja, Tedesco recorre los arrabales del castellano recolectando expresiones viejas, fuera uso, que reutiliza y mezcla a su gusto. Por las calles de sus poemas se pasean los compadritos, los pícaros, las putas, los gauchos, los inmigrantes, los cabecitas negra, los indios; en fin, todas las voces que llenaron el idioma de mugre y cicatrices.

Y en este punto se encuentra el aspecto más interesante. Porque esa forma de trabajar con las palabras hace que el lenguaje mismo se haga materia. La lectura de “Hablar mestizo…” genera por momentos la sensación de que las palabras se levantan sobre el papel como si formaran un escorzo. Este efecto tridimensional, de cosa que se puede palpar, es la consecuencia de los distintos niveles de extrañamiento que generan los términos empleados. Porque aquí hay palabras que uno reconoce y utiliza, otras que le suenan aunque no termina de saber lo que significan y otras que son totalmente desconocidas, al punto de no saber si realmente existen.

“… Utela de visantes mi vasido. Tulipa esmero con zumozo zuardo.  Mi fuño garla, su gasusa trisca.”[5]

Al mismo tiempo hay una permanente alteración de la ortografía que producen la simulación de la oralidad y el habla callejera (supresión de la “d” final y desplazamiento de la tilde, por ej. mismidá, quietú; reemplazo de la “ll” por la ”y”, las “z” vueltas en “s”, ej. beyesa) como así también los juegos vanguardistas (sustantivos que se verbalizan, ej. sonrizar). Todo esto nos obliga permanentemente a fijarnos en el idioma como cosa en sí. Se trata, claro está, de una escritura que le amaga al barroco. Pero este barroco no es el barroco del laberinto, ni siquiera el del juego de espejos. Es más bien un barroco materialista, de la voz que se oculta en su maleza, que busca opacar las palabras para mostrarlas como significante modificado, como cuerpo de sonido y tinta.

Si se genera este efecto es porque Tedesco no se conforma con el aspecto referencial del lenguaje, sino que necesita algo más, algo que no puede terminar de decir o explicar, justamente porque para explicarlo tiene que apelar al lenguaje como referente de conceptos.

“La palabra sucio no es lo sucio, la palabra alma no es el alma. Yo necesito más, necesito coraza, ropón, embutirme en doble profiláctico de la cabeza a los pies. Esto que digo, por ejemplo, me pone de manifiesto, me deja a mercé de la sangría. Yo necesito más, una jerga, o, mejor mezcla de jergas, eso necesito. Decir lo que tenga que decir pero en un idioma contrahecho, abusivamente desgajado, un idioma que se niegue a la lectura de corrido. [6]    

No se leen de corrido estos poemas como no se pasa de corrido la mirada por un cuadro de Lucian Freud, uno se traba con la densidad, tropieza con el verso amontonado, lleno de huecos, durezas y zonas blandas que chorrean. La comparación con el pintor no es azarosa. Ambos artistas realizan en distintos códigos la misma proeza, están movidos por la misma necesidad. “Quiero que la pintura sea carne”, es la frase más conocida de Freud, quien fue célebre por trabajar en jornadas terriblemente extensas con sus modelos. La paciencia puesta en cada trazo del pintor remite a la paciencia del poeta que se pasa varios años hurgando en los diccionarios, creándose una erudición propia. Más allá de todas las diferencias que pueda haber entre uno y otro, siento que ambos buscan lo mismo. Los dos trabajan el exceso de un modo parecido, buscando una saturación que termina por hinchar el significante hasta convertirlo en significado.

La aventura poética de Tedesco consiste en realizar ese viaje extenso y metódico por el idioma, perdiéndose a veces en sus porosidades, para volver al punto de partida: el resplandor de las cosas más simples. Porque su materialismo, más que una posición filosófica es el resultado de una visión simple y desesperanzada del mundo. Es el materialismo del tipo que no se atreve a pensar o que no conoce nada que esté por fuera de su experiencia diaria. Y que por no tener nada del otro lado de la vida se aferra a las cosas buenas que conoció de este lado. Es el materialismo de la resignación y el cansancio.

“Pobreza nos confirma, Catalina, / la golosa virtú de nuestra vida. / La mesa, la catrera, el nido guacho, / el sincero desmayo de las noches, / nada heredamos, nada dejaremos,/…”[7]

Los poemas dedicados a sus padres, a su hermano, junto con aquellos que le dan voz al deseo de algún pobre tipo anónimo pero reconocible, representan los momentos más elevados y conmovedores del libro. El barroco, su propia versión de barroco marginal, es la forma que el autor encuentra de darle cuerpo a esas impresiones fugaces, a esas voces sin gloria ni heroísmo.

Por último queda señalar un elemento más, sin el cual toda la mezcla que estamos describiendo no terminaría de coagular. Tedesco tiene una maestría envidiable a la hora de definir el ritmo de sus versos. Sabe muy bien dónde cortarlos, nunca le quedan cortos ni largos. En esa precisión se ve su conocimiento de la métrica, su cariño de artesano por el aspecto más técnico del trabajo poético. Cariño que, lamentablemente, cada vez escasea más en los poetas más jóvenes, generando la idea de que alcanza con cortar una frase en cualquier parte para obtener un verso. A Tedesco, en cambio, la métrica precisa le sirve para definir el equilibrio entre el desborde y la mesura. Gracias a esto su poesía puede jadear, sórdida y tierna a la vez, como el  cuerpo de una mujer vulgar, entrada en carnes y años, y aún así sensual, llena de deseo, sugerente y hermosa…

Algunos poemas de Hablar mestizo en lírica indecisa:

Pag. 96
Soñemos yo era algún cacique

vos la casta cautiva calentona

érase la pampa el fortín la peste

invasora del ejército érase la cruz

entre vos y yo el ansia redentora

soñemos pintarrajeado iba mi cuerpo

jinete en el bastión de tu blancura

tan erectas tus tetas en mi espalda

tan bramido tu vos en mis orejas

la toldería en yamas

y nuestro fuego dentro

brasas en lo chiquito de la patria

 

Pag. 106

Cada día y cada mes de cada año,

lentamente mi cara se parece

a la cara de viejo de mi padre,

la cara de papá cuando moría.

Pag. 381
Taciturno miro

el culo de mi gorda,

tantos años de biaba con la suerte,

tan engrosao su escurrir de falta,

como medialunas asomaban

firmes sus nalgas milongueras,

tibiecita su zanja entre mis manos,

radiante mientras hubo fantasía,

también yo, estropeado

por la hechura del mal,

comparto su trajín en  la pobreza,

el temporar viscoso de la vida.

 

Pag. 336
Me figuro su contento, patrón,

usté en el que dicen que es usté,

sus cosas son sus cosas, usté manda

en lo suyo, en sus dominios usté

designa, estipula, somete, anula,

usté transa su propia circunstancia.

Me figuro, patrón, sus esplendores:

casa, coche, bulo, cantri, borregas,

wiski, cenas, vacaciones, champán,

viajes en el placer interminable.

Cualquiera en su lugar, cualquier chabón

haría lo que usté, masacre y leyes

pa´defender lo suyo, pa´salvar

lo que dicen, patrón, es su apetito.

 

Pag. 109
Jugamos con mamá, como nunca antes

jugamos con mamá a las palabras

en árabe, en tano, en argentino,

yo digo chabón, ella dice sharmut,

yo digo stronso y ella se ríe

como debió reírse de chiquita,

como muchas veces se rió de grande

ante el sonido cómico, metafórico,

de lo real profanado de espesor,

mamá es muy anciana, muy dependiente,

eso de jugar y reír con las palabras

es bueno, es como si aun maniatados

algo de nosotros piruetase espiritual,

como si fuéramos, de pronto, un poco más

que piel ajada, que la liviana corteza

del corazón, del cerebro, del mucho dolor,

del cuerpo en el mandato que da muerte.

 

Pag. 111
Después de cada paso

mamá se detiene,

tomada de mí, apenas erguida

atraviesa el vano de la puerta

y charla, eso puede, con sus plantas,

cuánto verde, cuánta maleza, dice,

el yuyo no se cansa de morir,

crece a la bartola, pero crece,

rezonga mientras mira fijamente

el cantero, la senda, las macetas,

la tierrita que yace dando vida.


[1] De la entrevista “Luis Osvaldo Tedesco – Rehenes de lo viable”, de Roxana Artal. Publicada en http://www.evaristocultural.com.ar/-%20EVARISTO%20Nro.%2008%20-/tedesco.htm

[2] Pag. 70

[3] Pag. 126

[4] Los títulos de las obras consultadas son: “Diccionario de expresiones malsonantes del español”, “Diccionario del español equívoco”, “Léxico del marginalismo del siglo de oro”, “El lenguaje de los maleantes españoles de los siglos XVI y XVII”, “Floresta de poesías eróticas del Siglo de Oro”, “Cancionero de Juan Alfonso de Baena”, “Nuevo diccionario lunfardo”, “Vocabulario y refranero criollo”.

[5] Pag. 198.

[6] Pag. 197.

[7] Pag. 86.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Reseña de La sociedad del espectáculo

La sociedad del espectáculo

Guy Debord

La Marca Editora

Por Darío Semino

Nadie negaría, a la hora de hacer un análisis mínimamente razonable de la sociedad actual, el lugar preponderante que ocupan en ella los medios de comunicación, la publicidad o el cine. Ningún intelectual de izquierda, ni nadie que tenga una mentalidad crítica, se atrevería a desconocer el papel protagónico que esos dispositivos tienen en la dominación actual de las subjetividades. Por todo ello sería razonable deducir que un libro como “La sociedad del espectáculo”, publicado en 1967, formaría parte de una especie de biblioteca básica del lector crítico. O por lo menos se podría llegar a pensar, teniendo en cuenta sus momentos de hermetismo teórico,  que es uno de esos libros más comentados que leídos, siempre citados y jamás comprendidos que forman una suerte de biblioteca fantasma en la mente de esos lectores. Mucho más si se tiene en cuenta la inclinación argentina hacia el pensamiento europeo, principalmente el francés. Dicho de otra manera, uno podría pensar que la “Sociedad del espectáculo” ocuparía un lugar parecido al de “Vigilar y castigar” de Foucault o a “Mil mesetas” de Deleuze y Guattari en nuestro panorama de lecturas. Sin embargo no es así. Debord pasea por nuestra memoria de autores conocidos de forma nebulosa, como si fuera el amigo de un amigo del que no recordamos el nombre. Cosa que no deja de ser llamativa si se piensa que fue el primer pensador en meterse de lleno en el aspecto espectacular de nuestra cultura. En este punto resulta tentador establecer una relación causal entre el desconocimiento general sobre la obra de Debord y el potencial subversivo que la misma tiene. Según esto Debord podría ser un pensador ocultado por las mismas fuerzas que él descubrió, las fuerzas del espectáculo. Y nos situaría a nosotros, en tanto que lectores de su obra, como los descubridores de su peligroso secreto. Este proceso es muy tentador y más de un intelectual crítico de hoy en día hace uso y abuso del mismo. Descubrir genios malditos y escondidos, ya sea en el arte o el pensamiento, es un lugar común, cuando no un negocio, de nuestra época. Y Debord puede calzar bastante bien en el molde. Alcohólico, revolucionario, suicida, francés, bohemio y vanguardista, poco esfuerzo hace falta para construirle un perfil romántico que oculte su potencialidad y lo transforme en una imagen más perdida en la deriva del consumo mediático. Pero por suerte para Debord su libro muy difícilmente puede convertirse en mercancía de venta fácil. Y esto ocurre principalmente porque “La sociedad del espectáculo” no es fácil de leer.

El libro está dividido en nueve capítulos que abordan desde un punto de vista teórico la naturaleza de la sociedad espectacular, junto los con los procesos históricos que llevaron a la conformación de su estructura, desplegando también un análisis crítico de las experiencias revolucionarias del pasado. Asimismo cada capítulo está conformado por fragmentos breves llamados tesis. Esa estructura fragmentaria facilita a la vez que dificulta la compresión del texto. La facilita porque permite obtener un contacto rápido con los conceptos, como si las ideas estuvieran agazapadas en esos párrafos breves, listas para saltarnos encima en el instante en que le pasamos la mirada por el lomo. Y la dificulta porque nos quita la oportunidad de una aclaración posterior, cuando el estilo, al fin y al cabo Debord es un pensador francés, se vuelve demasiado críptico no hay glosas posteriores que nos salven. Por suerte los momentos de hermetismo conviven con algunos núcleos de una claridad y una precisión perturbadoras.  En su conjunto el libro se despliega, al menos para un lector no especializado, como un claroscuro en el cual las zonas de penumbra incitan a la relectura.

Dada la complejidad del libro resulta difícil realizar un resumen de sus planteos. Cada tesis puede servir como un disparador para encarar un análisis del tema que aborda, todas son en cierta forma extraíbles, poseen una autonomía que les permite funcionar asiladas sin por ello dejar de ocupar un lugar coherente en la totalidad de la obra. Copio a continuación la tesis 43 para ver más detenidamente este funcionamiento.

43. Mientras que en la etapa primitiva de la acumulación capitalista “la economía política no ve en el proletario sino al obrero” que debe recibir el mínimo indispensable para conservar su fuerza de trabajo, sin tenerlo en cuenta jamás “en su ocio, en su humanidad”, esta orientación de las ideas de la clase dominante se invierte tan pronto como el grado de abundancia alcanzado en la producción de mercancías exige una colaboración adicional del obrero. Este obrero, súbitamente redimido del desprecio total que le notifican con claridad todas las modalidades de organización y vigilancia de la producción, fuera de ésta se ve todos los días tratado aparentemente como una persona importante, con solícita cortesía, bajo el disfraz de consumidor. Entonces el humanismo de la mercancía toma a su cargo “el ocio y la humanidad” del trabajador, simplemente porque ahora la economía política puede y debe dominar estas esferas como economía política. La “negación completa del hombre” ha tomado así a su cargo la totalidad de la existencia humana.

La elección del fragmento no es azarosa ya que entiendo que el mismo puede servir para situar y empezar a entender los problemas que Debord está encarando. Aquí se señala con toda claridad el momento histórico que está siendo pensado. Ese momento está caracterizado por el pasaje o la transformación del obrero en consumidor. El proletario que era el sujeto revolucionario debido a las condiciones miserables a las que lo condenaba el sistema pasa a ser tenido en cuenta cuando el sistema necesita reubicar la abundancia de mercancías que produce. Esta transformación posiblemente sea el proceso histórico más importante ocurrido en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Aquí no se está hablando de otra cosa que de la consolidación de la clase media, el Estado de Bienestar y el sueño americano como horizonte de los deseos individuales. Es el punto de partida de lo que llamamos sociedad de consumo.  El mundo se reorganiza ya no como un mundo de proletariado y burguesía sino como un mundo de clase media, en la cual todos, o por lo menos la mayoría, tiene una dosis razonable de acceso a los bienes materiales mediante el ejercicio del consumo. Sin embargo este proceso de integración se produce sólo en apariencia. Si el nuevo consumidor es el viejo obrero susceptible de rebelarse entonces es necesario desarrollar dispositivos que contengan ese potencial. De ahí la importancia capital de hacerse cargo del “ocio” del trabajador. Mientras que los obreros del primer capitalismo luchaban por conquistar el tiempo de ocio que la explotación les negaba, los consumidores de la segunda fase nacerán ya con la porción de ocio garantizada de antemano. Y el espectáculo será la forma de controlar ese ocio. En la Tesis 6 Debord afirma que: Forma y contenido del espectáculo son, idénticamente, la justificación total de las condiciones y fines del sistema vigente. El espectáculo es también la presencia permanente de la justificación, en tanto colonización de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna. 

Lo que resulta sorprendente en Debord es la lucidez de entender la naturaleza de un proceso en el mismo momento en el que está ocurriendo. Aunque su mundo no sea el nuestro, aunque en la década del sesenta todavía existía un proletariado industrial palpable y una presencia política insoslayable del marxismo tradicional, Debord parece estar hablando de nosotros. Muchas de las afirmaciones que realiza en 1967 no solamente se ven confirmadas sino también intensificadas en el mundo de las décadas posteriores. El despliegue desmesurado de las industrias del entretenimiento, la omnipresencia de las pantallas en la vida cotidiana, el poder en apariencia absoluto de los medios de comunicación y la mera existencia del mundo virtual son realidades innegables que se interponen permanentemente en nuestra experiencia y que parecen desprendimientos de las ideas de Debord. Que “La sociedad del espectáculo” parezca estar interpelándonos permanentemente no es una prueba del poder profético de su autor sino una demostración irrefutable de que las estructuras de poder que operaban en su mundo siguen operando en el nuestro. Y de que él entendió perfectamente bien cómo se mueven.

Si lo que ocurre en nuestro mundo es que Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación (tesis 1), entonces es imposible seguir pensando ciertas categorías críticas del mismo modo en que se lo hacía en la época anterior al espectáculo. Más allá de las coincidencias o desacuerdos que se puedan tener con él, todo pensamiento que intente realizar un análisis crítico de la sociedad espectacular inevitablemente tendría que pasar por Debord. Ya no se puede pensar, por ejemplo, la alienación en los términos en que se lo hacía en las primeras décadas del siglo XX. La experiencia de la vida es otra y la dominación de esa experiencia se da bajo otros signos. ¿Cómo hacer para luchar contra esta nueva dominación? Es la pregunta que Debord intentó responder con su vida y su obra, las cuales no se limitaron a la especulación teórica sino que se desplegaron entre la creación cinematográfica, la agitación vanguardista y principalmente la participación en el grupo conocido como Internacional Situacionista. El momento de mayor repercusión tanto de los situacionistas como de sus ideas ocurrió en 1968, con el Mayo Francés. Sin embargo, como hemos visto,  la obra de Debord no se agota en aquel momento histórico, no se cristaliza en una postal de época sino que se desliza, a escondidas y latente, hasta nuestros días.

Publicado en Uncategorized | 2 comentarios

Reseña de libro recomendado

La democracia urbana: una vieja historia

Henri Pirenne

Capitán Swing Libros

Por Darío Semino

A pesar de que su nombre figura en la lista de historiadores que merecen ser llamados “maestro” por sus pares, la obra de Henri Pirenne no es muy conocida para el lector no especializado. En el entramado infinito de autores y libros que nos envuelve permanentemente, Henri Pirenne, como muchos otros, puede perderse. Sin embargo la misma vorágine que tiende a ocultar la obra de Pirenne puede convertirse en la causa de su hallazgo. Al fin y al cabo, entre tanta información inútil y autores intrascendentes, por qué no leer el libro de un historiador considerado clásico una vez que éste cayó en nuestras manos.

La vida de Pirenne transcurrió entre la segunda parte del siglo XIX y la primera del XX, pero su erudición y su creatividad vivieron volcadas sobre la Edad Media. Sin ser marxista fue un fuerte defensor de la importancia de los aspectos económicos y sociales como determinantes de los acontecimientos históricos. La formación del mundo medieval, con sus respectivas clases sociales, sus instituciones y sus convulsiones, junto con la historia de su país, Bélgica, fueron los principales ejes en los que desplegó su obra. Lo más conocido de la misma es la llamada “tesis Pirenne”, una particular visión de los orígenes de la sociedad medieval, según la cual no es la caída del Imperio Romano el acontecimiento que sirve de bisagra entre el mundo antiguo y el medieval sino la aparición en el Mediterráneo del imperio musulmán. Como todo gran historiador, Pirenne supo ser un buen escritor. “La democracia urbana: una vieja historia” es una obra maestra que pone la más densa erudición al servicio de una prosa ágil y una argumentación siempre clara y precisa. Por más lejana que nos pueda resultar su temática, la lectura del libro en ningún momento resulta intrascendente. En no más de trescientas páginas se suceden procesos que duraron siglos, atravesando generaciones de personas, ciudades y travesías, sin perder nunca el manejo de los hilos que tensan la historia.

A modo de introducción el libro incluye un texto del autor titulado “Estadios en la historia social del capitalismo”, donde se describe a grandes rasgos la visión de Pirenne sobre el lento desarrollo del capitalismo a lo largo de diez siglos, un desarrollo desigual y escalonado en el que cada generación de capitalistas se hace a sí misma con la herramientas de la astucia y la especulación, logrando acumular una riqueza que le permite establecerse socialmente, integrándose a la nobleza o filtrándose en la administración del Estado, para después retirarse, temerosa de perder lo acumulado, ante un cambio en las circunstancias que le permitieron progresar. Con estas situaciones de crisis una nueva generación de emprendedores, sin riqueza que perder ni escrúpulos que obedecer, se lanza a la aventura del comercio para progresar y estancarse, con el tiempo, en forma de clase alta. En una apretada síntesis Pirenne rastrea este proceso desde sus remotos inicios entre los siglos IX y X hasta finales del XIX. Un punto interesante de este planteo son los antecedentes que establece para las primeras clases burguesas. En una sociedad que a grandes rasgos podemos caracterizar como segmentada entre el clero, la nobleza y la clase campesina, Pirenne nos dice que: “Los antecesores de la burguesía hay que buscarlos especialmente en la masa de seres vagabundos que, no teniendo tierra que cultivar, fluctuaban por la sociedad, viviendo al día de las limosnas de los monasterios, alquilándose a los cultivadores de la tierra en tiempo de cosecha, alistándose en el ejército en tiempo de guerra y no desperdiciando cualquier ocasión de pillaje o rapiña que se les presentara”[i].

Siguiendo, entonces, con el paso de las páginas, nos internamos en el libro propiamente dicho. Entre los siglos IX y X la zona de los Países Bajos experimenta un importante desarrollo del comercio gracias a la posición privilegiada que ocupa en el nuevo mapa de la Europa medieval. Los comerciantes que empiezan a circular por los caminos y ríos de la zona utilizan como paradas y puntos de encuentro los viejos castillos y las ciudades episcopales que se encuentran convenientemente ubicadas. Va naciendo así, al amparo de las murallas, una nueva población urbana más numerosa y activa que la antigua población que estaba conformada por militares, clérigos, funcionarios y siervos. La nueva población no vive de prestaciones ni impuestos sino del fruto de su trabajo. Son personas que dejaron atrás la tierra y la familia, que forman una comunidad de desconocidos donde es imposible establecer orígenes y procedencias. Son, por lo tanto, una comunidad de iguales.

Tanteando en la penumbra de la falta de documentos, puesto que la historiografía de la época se dedicó a registrar las gestas de príncipes y obispos, Pirenne nos lleva a ese primer momento de la comunidad en que “…el principio organizativo básico fue la libre asociación. Para estos recién llegados, estos desamparados, desconocidos los unos para los otros, la asociación fue el sucedáneo o, si se prefiere, el sustitutivo de la organización familiar.[ii] Hay que agregar a esto que desde las ciudades parten, para recorrer las rutas con mayor seguridad, grandes caravanas de mercaderes que peregrinan hacia tierras lejanas. La organización de estas caravanas requiere una disciplina que junto a los riesgos y experiencias compartidas engendra un fuerte sentimiento corporativo.

Toda esta actividad en las primeras épocas no llama particularmente la atención de los príncipes laicos. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de éstos no poseía una residencia fija sino que se trasladaba de un rincón a otro de sus tierras. No ocurría lo mismo, sin embargo, en el caso de las ciudades episcopales. Los obispos, acostumbrados a gobernar de acuerdo a sus propios principios no tardan en entrar en conflicto con los nuevos habitantes. En este punto Pirenne cita el ejemplo de la ciudad de Cambrai. En 1077, aprovechando la ausencia del obispo, el pueblo, liderado por los comerciantes más ricos, toma la ciudad y proclama la comuna. El caso no es aislado, en muchas de estas ciudades se forman gobiernos comunales que establecen sus propias leyes e instituciones. “… la comuna, al menos en sus comienzos, y, teóricamente, incluso más tarde, fue una democracia. Por primera vez, en una época dominada en todos los órdenes por el principio de autoridad, se logró llevar a cabo el gobierno del pueblo por el pueblo.[iii]

El estilo de Pirenne, su forma de pensar la historia, tiene un fuerte anclaje en la formulación de generalizaciones. No es, al menos en este libro, un historiador del detalle, ni un cronista. Cuando menciona casos particulares lo hace para ejemplificar sus generalizaciones. Y si bien reconoce excepciones para las reglas que establece siempre se encarga de señalar que son excepciones. Esto es lo que le permite desplazarse a lo largo de períodos tan extensos sin perderse ni perdernos entre los datos y las fechas. Apelando a la idea de la evolución, o involución, de los regímenes políticos, Pirenne nos explica cómo la democracia inicial tiende a degenerar en plutocracia y después en oligarquía. La actividad comercial que antes había igualado a los nuevos ciudadanos se convierte ahora en la causa de la diferencia. Los comerciantes más exitosos, los más ricos, empiezan a ocupar un lugar cada vez mayor en los cargos públicos hasta que se establece un gobierno de patricios. Siguiendo la lógica descripta en la introducción, los hijos de los ricos no se sienten inclinados al riesgo del comercio sino que prefieren vivir de rentas y cargos públicos. Los patricios se diferencian cada vez más del vulgo, mediante su forma de vestir y sus costumbres. Son los que acostumbran a beber vino todos los días, los que tienen de yerno algún caballero venido a menos, los que van al ejército con su  propio caballo. Durante un tiempo la situación se mantiene estable y la mayoría acepta el gobierno de la minoría. Hasta que esa minoría termina por volverse demasiado conservadora y reaccionaria. Los abusos se suceden y la situación estalla. A mediados del siglo XIII las condiciones están dadas para el levantamiento en la mayor parte de las ciudades de los Países Bajos. El movimiento es muy amplio y Pirenne se encarga de caracterizarlo a partir de los ejemplos de Lieja y Flandes. Después de avances y retrocesos, de traiciones, represiones y nuevos levantamientos, el siglo XIV comienza con el orden democrático recuperado por la vía revolucionara.

Sin embargo las contradicciones continúan latentes. Entre los que empuñaron las armas hay quienes no se contentan con el establecimiento de un orden político que no modifica el orden económico. “Un buen número de ellos se entregaron a vagas quimeras de igualdad social, al mismo tiempo terribles y conmovedoras, en las que se les representaba el ideal inalcanzable de la justicia absoluta y de la fraternidad entre todos los hombres. Muchos pensaban que [cada hombre debía tener tanto como su vecino[iv]].” Los sectores más bajos de los trabajadores industriales y artesanos, principalmente los tejedores, son los que ponen el cuerpo a las nuevas luchas, actuando de forma solidaria y coordinada entre las distintas urbes.  El alzamiento de una ciudad puede repercutir en todas las demás en forma de alzamiento general. Los tejedores flamencos, con nombres como De Deken, Van den Bosch, Ackerman, Phillippe Van Artevelde, son los protagonistas de un siglo de luchas, levantamientos, masacres y nuevos levantamientos. La imposibilidad de acabar con todo el orden de la sociedad medieval una vez que toman el poder les quita siempre la victoria definitiva. El patriciado, sin embargo, no vuelve a imponerse y la democracia queda bajo el control de los gremios.

Durante los siglos siguientes las comunas atraviesan los diversos procesos de cambio de la sociedad europea: el renacimiento, la reforma protestante, el calvinismo, los conflictos políticos y militares con las potencias de la época, la enemistad de los príncipes y obispos y la emergencia del Estado nacional. Por las ciudades circulan ideas novedosas, artistas, formas distintas de leer las Escrituras, nuevos odios y adelantos técnicos. En las batallas la pólvora se suma al acero y las murallas van perdiendo su utilidad. La imprenta modifica para siempre el modo en circulan las ideas.  El mundo se agranda con un nuevo continente rico en materias primas que modifica toda la estructura económica del viejo mundo. Imposible resumir en un artículo lo que ya está tan resumido en un libro de trescientas páginas. El régimen comunal llega hasta fines del siglo XVII. Lieja es la última comuna en caer. La independencia de las ciudades no encaja en el nuevo orden de estados y guerras nacionales que se está formando en Europa. Cuando vuelve a estallar la revolución lo hace bajo el signo y las ideas del siglo XVIII.

Existen frases que, dada su fuerza poética o filosófica, trascienden el uso de cita de autoridad para convertirse en una especie de amuletos. Insertar en un texto propio una de estas frases no es meramente apelar a la legitimación de sus autores sino evocar el poder simbólico que tienen, del mismo modo que quien aferra un amuleto intenta contagiarse de su poder mágico. Por ejemplo, decir que la tarea de los intelectuales ya no es describir el mundo sino transformarlo, no es simplemente citar o aludir a Marx, es establecer un principio de carácter moral amparado en una tradición histórica concreta. La edición de Capitán Swing del libro de Pirenne incluye a modo de epígrafe una de esas frases. Es la famosa Tesis sobre la Filosofía de la Historia de Benjamin que concluye señalando como una tarea del materialista histórico la de cepillar la historia a contrapelo. Desconozco si hoy en día esa sigue siendo la tarea del materialista histórico, de hecho ni siquiera sé si el materialista histórico todavía tiene tareas. Pero la idea de cepillar la historia a contrapelo describe con increíble precisión mi experiencia al leer este libro. Sin ser historiador ni encontrarme particularmente formado sobre temas históricos, soy un lector con cierto interés general en la historia, y como tal poseo una concepción histórica, una estructura de los procesos que, creo, es común a la que puede tener un lector medianamente formado de la actualidad. En esa estructura de los procesos existen determinados núcleos que uno vive como certezas. Un ejemplo es la idea de la oscuridad medieval. Una oscuridad que funciona como el correlato perfecto de las luces modernas.

El libro de Pirenne es un buen antídoto para ese tipo de concepciones. Encontrar chispazos en donde antes había tiniebla puede llevarnos a ver los grandes espacios de sombra que se forman entre las luces. Cepillar la historia a contrapelo significa desandar el camino del sentido común en busca de esos claroscuros, deshaciendo el tejido de ficciones e intereses hasta dejar al aire libre, aunque sea por un instante, el verdadero cuerpo de la historia.


[i] Pag. 38.

[ii] Pag. 84.

[iii] Pag. 115.

[iv] Pag. 216.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Entrevista con Tito Arrúa

Independiente, barroco y un poco científico

Por Darío Semino

Charla con el escritor y editor Tito Arrúa. El cultito, su primera novela, es un viaje iniciático, espiritual y villero, en el que un niño acompaña a su abuela durante un fin de semana a visitar el culto pentecostal.

Debe hacer unos tres o cuatro años que conozco a Tito Arrúa. Como suele ocurrir con las personas a las que se encuentra en diversos eventos y reuniones, lo fui conociendo de a poco. En mis primeros recuerdos es una imagen difusa, como una fotografía fuera de foco que va agarrando nitidez con los encuentros, las charlas y las cervezas. Se puede decir que es un tipo tranquilo, con un tono de voz suave que nunca se desborda, modesto pero seguro de lo que dice, lleno de lecturas y anécdotas callejeras. Cuando leí su novela ya conocía la predilección de Tito por el barroco, lo que no sabía era que él podía escribir de esa forma tan particular, encontrando siempre la precisión en la abundancia. Por eso me pareció inevitable arrancar la charla por ese lado.

– Lo barroco es una característica muy notoria de tu estilo y también es una estética muy particular. No hay muchos escritores actuales que transiten esa línea. ¿Vos cómo llegaste a ella?

-Más que al barroco en general, podríamos decir que llegué al barroco americano. Sobre todo el cubano que es el que más me marcó. Básicamente Carpentier y José Lezama Lima. Y después hay otros casos, por ejemplo Reinaldo Arenas, que también en cierta manera formaba parte de ese grupo; después está la propuesta argentina de mi tocayo Néstor Perlongher, que es el neobarroso, que tiene un registro más poético.

-¿Te gusta Perlongher?

– Me gusta mucho, es uno de mis poetas favoritos, a lo mejor no tanto ahora pero en el momento en que lo leí me pareció muy interesante su trabajo, muy atinado. En general me gusta cuando se hace una utilización particular del lenguaje, cuando se lo hace ostensible. También me gusta mucho la literatura inglesa. Cuando lees traducciones de Conrad o de Henry James, se ve que los párrafos son elaborados y el lenguaje es muy prolífico, la metáfora resulta muy justa. Me parece que en esas traducciones de autores decimonónicos ingleses también hay algo que me marcó.

-¿Y el barroco español? Góngora, Quevedo…

– Sí, me gusta mucho, los he estudiado, los he leído, pero no considero que tenga una influencia directa de ellos. Si bien escribo sonetos y leo a Quevedo, Góngora y Cervantes, lo cierto es que me siento más cerca de los cubanos. Inclusive también de Cortázar, porque él también tiene una elaboración lingüística que muchas  veces se aleja de lo que sería un estilo narrativo seco y de acción. Igual, a mí lo que me interesa es que no se pierda el componente de lo que uno está narrando. Que no sea puro lenguaje como quizás ocurre con el nouveau roman, donde el contenido al final se desvanece. No es que hable en contra de eso. Me parece perfecto que ocurra pero no es lo que a mí me interesa. Yo prefiero que haya un hilo narrativo que vaya llevando al lector. De todas formas, con respecto al estilo barroco en El cultito, creo que es el tono particular de esa novela. En otras cosas que tengo escritas ese tono aparece un poco más o un poco menos. Pero fue concretamente para El cultito, me interesó desarrollar esa estética.

-¿Ahora tenés pensado seguir otro rumbo?

– Mirá, cuando estaba escribiendo el Cultito me di cuenta de que estaba abriendo una puerta para escribir ficción con una pata puesta en lo autobiográfico. Porque mientras escribía me vinieron un montón de experiencias y recuerdos que no funcionaban para el Cultito, y que en cierta forma tuve que contener para que no se convirtiera en una novela más larga y compleja, tipo Rayuela  o Paradiso.

-¿Te gustaría escribir algo así más adelante?

-Sí, de hecho la siguiente novela ya la tengo medio en punta. Se va a llamar Lorenza y va a transcurrir en el tiempo imaginario previo a El cultito.

Mismo universo, mismos personajes…

– Sí, digamos, El cultito tiene una base autobiográfica, describe más o menos hechos que ocurrieron en 1981. Pero por más que tenga elementos autobiográficos a mí me interesa que sea una ficción. Mi idea es utilizar ese material del mismo modo que un pintor utiliza elementos de la realidad para hacer un collage, y después esos elementos pasan a tener un nuevo significado dentro de la obra.

-Dijiste que Lorenza, entonces, va a transcurrir antes de El cultito.

-Sí, Lorenza va a transcurrir en el período previo, que es la época en que con mi familia nos fuimos a vivir al Paraguay, entre el año 77 y principios de los 80. Para poder escribir esa novela estoy entrevistando a gente de mi familia, voy a viajar a Paraguay para hacer algo de investigación de campo. Y con respecto al estilo, así como en El cultito hay esa proliferación barroca que por un lado me gusta, por otro lado me gustaría superarla en esta nueva novela, que va a tener que ver más con la oralidad.

-¿Y por qué te interesa ese registro ahora?

– Me parece que eso está muy vinculado con las lecturas que se hacen en el Pachamama. Porque ahí se lee en voz alta y hay gente que lo hace muy bien. Y me parece muy interesante lo que se puede lograr con un texto que integre ese registro. Si bien no pienso hacer que Lorenza sea una novela grabada en un disco, sí quiero que el registro pase por la oralidad. Mi idea es trabajarla en base a entrevistas y que las partes que yo utilice para conectar el material de las entrevistas pase también por la oralidad. Me gustaría poder leerla en voz alta para trabajar el tema de la respiración, la naturalidad, el ritmo. Seguramente lo trabaje con párrafos más cortos, menos complejos, con mayor repetición de palabras. Este aspecto de lo oral me interesa mucho porque la literatura empezó siendo oral y en un punto en nuestra época, en la que hay un predominio tan grande de lo escrito, se produce un retroceso de esa faceta. Entonces es interesante ver qué pasa cuando lo oral se reintroduce. Especialmente para mí que siempre estuve más cerca de lo escrito, ya sea como lector compulsivo o como escritor.

Antes de ser escritor, o por lo menos antes de empezar a publicar, Tito se ganó la vida trabajando como técnico químico. Su experiencia de veinte años pululando por laboratorios de análisis clínicos y farmacéuticos le dejó una marca que constituye uno de los aspectos más originales en el estilo de su novela. Porque la dura formación científica logra armonizarse con la sensualidad y el exceso que son propios del barroco, haciendo que las descripciones posean una materialidad contundente sin renunciar a cierto despliegue lírico.

-Se ve en la novela el peso de tu formación científica. ¿Es algo que integraste de forma consciente o fue saliendo solo?

– Sí, eso tiene que ver con una cuestión de la que me estoy dando cuenta recién ahora. Cuando escribí la novela conocía el proyecto literario de Proust aunque no lo había leído, o sea esta idea de la recuperación del pasado mediante la escritura. Y ahora que lo estoy leyendo me doy cuenta que hay en El cultito una impronta que tiene que ver mucho con esa pretensión. Todo esto que es muy difícil de describir porque es lo fugaz del recuerdo. El detalle de lo táctil, lo olfativo, un gesto mínimo, un rostro que viste en la calle. Para acercarse a eso me parece que el lenguaje científico puede aportar mucho, porque tiene todas las herramientas calibradas para realizar una descripción detallada y “objetiva” de las cosas. Yo tengo una formación científica, si bien no es terciaria, salí de la secundaria con un título de ingeniero químico y trabajé de eso un montón de tiempo. Además me gusta mucho la lectura que tiene que ver con lo científico. Es algo que tengo integrado pero que también me resulta grato, por eso creo que fue saliendo a medias conscientemente y a medias sin querer. De todas formas, cuando hice la edición final, que se la di a leer a varias personas, lo que más me marcaron fue ese aspecto como algo que entorpecía la lectura. Y a raíz de eso la corregí mucho para sacarle intensidad y lograr lo que a mí me gusta llamar la respiración del texto. Es como que tu mente tiene que respirar a la hora de leer y después de un párrafo demasiado largo se puede quedar sin aire.

-Para terminar con El cultito te quería preguntar por lo que sería el eje central de la novela, la religión.

-Bueno, yo vengo de una familia católica, católica a la paraguaya, que van a misa todos los domingos y que cumplen con todos los ritos. Crecí empapado con esa parafernalia. Siempre hubo una presencia de lo espiritual en mi forma de entender el mundo. Quizás con el tiempo y mi formación científica eso se fue diluyendo. Creo que ahora toda la espiritualidad la vuelco en una forma de pensar la poesía y de entender el arte como algo inseparable de la vida. Ya no estoy pegado a una religión instituida pero en el período que describe El cultito lo religioso tiene un peso bastante fuerte. Hay partes de la novela donde se plantean cuestiones como la existencia de Dios, la lucha entre el bien y el mal, la belleza como manifestación de la espiritualidad del mundo. Y también está esa especie de lucha entre el pensamiento católico y el protestante que son las dos religiones que aparecen en la novela y que en cierta forma constituyen una de sus líneas estructurales.

Más allá de su actividad artística Tito Arrúa es editor y fundador de No Hay Vergüenza Ediciones, proyecto independiente, gestionado con cuidado de artesano y malabares de subsistencia, que le permite no sólo editar su libro sino también muchos otros, desde rescates hasta nuevos autores.

-¿Cómo empezaste a editar?

– Desde chiquito fui muy lector y mi fantasía era, obviamente, escribir. Después, cuando fui más grande y empecé a trabajar con otra gente, armando grupos de poesía y ese tipo de cosas, con lo primero que me encontré fue con la supuesta imposibilidad de editar. Porque parecería que solamente pueden editar los autores que venden miles de libros, tipo García Márquez. Pensá que  en los ochenta la posibilidad de armar una editorial independiente era mucho más lejana que ahora. Entonces, con un grupo de poesía que se llamaba Argot, que éramos seis o siete chicos que nos juntábamos a leer literatura esotérica y a escribir, tuvimos la idea de editar unos cuadernillos, cosa que no estaba tan alejada de nuestras posibilidades. Así nació la primera Antología Argot. Y fue a partir de ahí que agarré la punta. Si lo hicimos una vez, pensé, se puede hacer más seguido. Entonces empecé a hacer libritos, primero mandándolos a fotocopiar y armándolos de manera muy artesanal. Con el tiempo descubrí que había otra gente que hacía lo mismo. Y después, bueno, ocurrió el hallazgo de la FLIA. Que fue como abrir una puerta y descubrir lo que uno siempre había añorado, que había cientos de personas que estaban haciendo lo mismo y que si nos juntábamos era todo mucho más fácil. En la FLIA conocí a Anahí Ferreyra, que también es escritora y que ahora es mi socia en No Hay Vergüenza Ediciones. Un proyecto chiquito del que mal que mal estoy viviendo. Ya tenemos cuarenta libros editados y hay una pequeña estructura que se sostiene.

-Y más allá de lo laboral, ¿hay algún goce en lo que hacés?

-Por supuesto. Lo que me pasó con la edición es que fui encontrando una vocación. Disfruto muchísimo el trabajo concreto de hacer libros, de ir a la imprenta, estar con la tinta, el papel, el diseño. Es como cualquier persona que hace un objeto concreto a partir de su trabajo, y que es algo que tiene alma, porque un libro tiene alma. Creo que hay muy pocas cosas que me gusten tanto como un libro, en tanto que objeto, en cuanto a su contenido, a su olor. Así que, bueno, en cierta forma la edición era algo para lo que estaba predestinado y que a su vez fui descubriendo de a poco. Mientras pueda lo voy a seguir haciendo.

Se pueden leer algunos capítulos de la novela en: http://nohayverguenzaediciones.blogspot.com/

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario